viernes, septiembre 16, 2011

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"¿Quién habla del amor? Yo tengo frío
y quiero ser diciembre.

Quiero llegar a un bosque apenas sensitivo,
hasta la maquinaria del corazón sin saldo.
Yo quiero ser diciembre.

Dormir
en la noche sin vida,
en la vida sin sueños,
en los tranquilizados sueños que desembocan
al río del olvido.

Hay ciudades que son fotografías
nocturnas de ciudades.
Yo quiero ser diciembre.

Para vivir al norte de un amor sucedido,
bajo el beso sin labios de hace ya mucho tiempo,
yo quiero ser diciembre.

Como el cadáver blanco de los ríos,
como los minerales del invierno,
yo quiero ser diciembre."




Canción de 19 horas

Luis García Montero,
siempre.



sábado, septiembre 11, 2010

jueves, abril 29, 2010

La Ciudad

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Dijiste: "Iré a otra tierra, iré a otra mar".
Otra ciudad habrá de hallarse mejor que ésta.
A cada esfuerzo mío, una condena escrita
queda;
y mi corazón está. como un muerto, enterrado.
Mi mente hasta cuándo va a quedarse en esta
consunción.
Doquiera vuelva a mis ojos, mire a donde mire
los escombros de mi vida veo aquí,
donde tantos años pasé y arruiné y destruí.

Nuevos parajes no hallarás, no hallarás otros mares.
La ciudad irá tras de ti. Por las calles vagarás,
por las mismas. Y en los mismos barrios envejecerás;
y en estas mismas casas irás empalideciéndote.
Siempre arribarás a esta ciudad. A otra parte - no
esperes-
no hay barco para ti, no hay camino.
Así como tu vida la arruinaste aquí
en este rincón reducido, en toda la tierra la destruiste.

C. Kavafis



lunes, abril 05, 2010

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Tardan las cartas y son poco
para decir lo que uno quiere.
Después pasan los años, y la vida
(demasiado confusa para explicar por carta)
nos hará más perdidos.
Los unos en los otros, iguales a las sombras
al fondo un pasillo desvayéndonos,
viviremos de luz involuntaria
pero sólo un instante, porque ya el recuerdo
será como un puñado de conchas recogidas,
tan hermoso en sí mismo que no devuelve nunca
las palmeras felices y el mar trémulo.

(...)

A solas con tu imagen,
cada cual se conoce por este sentimiento
de cansancio, que es dulce —como un brillo de lágrimas
que empaña la memoria de estos días,
esta extraña semana.
Y el mal que nos hacemos,
como el que a ti te hicimos, lo inevitablemente
amargo de esta vida en la que siempre, siempre,
somos peores que nosotros mismos,
acaso resucite un viejo sueño
sabido y olvidado.
El sueño de ser buenos y felices.


Porque sueño y recuerdo tienen fuerza
para obligar la vida,
aunque sean no más que un límite imposible.
Si este mar de proyectos
y tentativas naufragadas,
este torpe tapiz a cada instante
tejido y destejido,
esta guerra perdida,
nuestra vida,
da de sí alguna vez un sentimiento digno,
un acto verdadero,
en él tu estarás para siempre asociado
a mi amigo y a mí. No te habremos perdido.


Jaime Gil de Biedma



* Por la nostalgia de todos ésos que la vida nos hace dejar atrás...

domingo, marzo 21, 2010


miércoles, diciembre 23, 2009

martes, junio 23, 2009



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Aquello que hay en mí, que no soy yo, y que busco.
Aquello que hay en mí, y que a veces pienso que
también soy yo, y no encuentro.
Aquello que aparece porque sí, brilla un instante y luego
se va por años
y años.
Aquello que yo también olvido.
Aquello
próximo al amor, que no es exactamente amor;
que podría confundirse con la libertad,
con la verdad
con la absoluta identidad del ser
-- y que no puede, sin embargo, ser contenido en palabras
pensado en conceptos
no puede ser siquiera recordado como es.
Es lo que es, y no es mío, y a veces está en mí
(muy pocas veces); y cuando está,
se acuerda de sí mismo
lo recuerdo y lo pienso y lo conozco.
Es inútil buscarlo, cuanto más se le busca
más remoto parece, más se esconde.
Es preciso olvidarlo por completo,
llegar casi al suicidio
(porque sin ello la vida no vale)
(porque los que no conocieron aquello creen que la vida no vale)
(por eso el mundo rechina cuando gira).

Este es mi mal, y mi razón de ser.




Mario Levrero.
El discurso vacío

sábado, agosto 23, 2008

sad eyes

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Y entonces,
una llama incandescente como un apagón de paz ,
y tu rubor quedó patente
en aquella triste verguenza unidireccional:
la mueca de no saber quien se es,
ni qué se quiere;

bajó todo lo izado, se quebró mi voz,
se me quitaron las ganas;


y mis ojos fueron súplicas tardías:
-no me dejaste escoger-

Las nimiedades se echaron a volar,
se azuzaron, se volvieron delicadas y caprichosas,
indomables; por una vez,
que no debió ser ni vez ni miércoles.

Y te lanzaste a otro cuello,
y si nos ponemos a sumar...
a mi tampoco me salen las cuentas.


Y la decepción en mi se convirtió en tristeza por ti;
no hubo tregua en ningún País de Nunca Jamás,
y mientras atenazan las disculpas,
y repiquetean los perdones,
sin más deseo que el de sentirse perdonado,
y la egoista redención,
la amistad va desapareciendo entre la más pura soledad.

La soledad de los principios olvidados,
de las lealtades, del cariño de los lugares comunes,
de los pantalones rojos y de los besos caducos,
caducados ya,

y de olvidar a cuantas tantas personas has ido dejando atrás,
tropiezo tras tropiezo,

Y al fin, el fin.


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******Y antes...
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jueves, julio 31, 2008

dance me to the end of love

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La conocía hacía tres mañanas; tres cortas mañanas que hacían que el resto del día no existiera hasta la mañana siguiente. Pero su actitud cambió en la cuarta mañana. Me saludó fríamente, sin entusiasmo, y no me cogió de la mano. Se lo reproché, y bromeando la acusé de no estar enamorada de mí.
-- Tú esperas demasiado-- dijo--. Después de todo, sólo tengo quince años, y tú eres cuatro mayor que yo.
No comprendí el sentido de su observación; pero no podía ignorar la distancia que de reprente había abierto entre nosotros. Miraba ella hacia delante, andando con un paso elegante, de colegiala, metidas las manos en los bolsillos de su abrigo.
--En otras palabras, que no me quieres --dije.
--No lo sé -- respondió.
Me quedé atontado.
--Si no lo sabes, es que no me amas.
Por toda respuesta, ella siguió andando en silencio.
--Ves cómo soy profeta-- continué con aire indiferente--. Te dije que lamentaría haberte conocido.
Intenté penetrar en sus pensamientos y ver hasta qué punto sentía algo hacia mi, y a todas mis preguntas respondía:
--No lo sé.
-- ¿Te casarías conmigo? --inquirí.
--Soy demasiado joven.
--Bueno, si te obligaran a casarte, lo harías conmigo o con otro?
-- No lo sé... Me gustas..., pero...
-- Pero no me quieres-- dije, angustiado.
Se quedó callada. Era una mañana nubosa y las calles me parecían grises y deprimentes.
--Lo malo es que he dejado que las cosas vayan demasiado lejos-- dije roncamente; habíamos llegado a la entrada del metro--: creo que es mejor que nos despidamos y no nos volvamos a ver -- dije, preguntándome cuál sería su reacción.
Adoptó un aire solemne.
Cogí su mano y le di unos golpecitos cariñosos.
--Adiós; es mejor así. Tienes ya demasiado influjo sobre mi.
--Adiós-- respondió--; LO SIENTO.
La excusa me impresionó de un modo terrible. Y cuando desapareció en el metro sentí un vacío insoportable.
(...)
Mi autobiografía.
Charles Chaplin, 1964
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lunes, julio 28, 2008

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Será que nunca nos quisimos a tiempo,
lo lamento...